Nos comenta Lorena González curadora de la exhibición, la obra de Carlos Anzola está llena de juegos de transiciones entre ficción y realidad.
Para Cortázar, una pequeña
trama de objetos, secuencias, pasiones y palabras, le sirven de trampa para
transformar al personaje lector en personaje protagonista, refractando hacia
nosotros (quienes somos los lectores terceros de la historia) y hacia el
infinito, esa misma posibilidad. En el caso de Anzola, la ruina urbana, sus
estructuras, sus imágenes, sus deshechos e incluso el desgaste mismo que sobre
ellas ha dejado el paso del tiempo, son los argumentos visuales con los cuales
nos atrapa en una cadena de posibilidades infinitas: marcas de vasos sobre mesas,
anillos de carpetas, archivos, máquinas de afeitar, tazas de café, hilos,
fotografías, restos de construcciones, ventanas, zapatos, chatarras… Cada
objeto en la obra de Anzola es reconfigurado, trasladado desde la realidad a la
ficción: unidos, engranados y resemantizados, estos objetos convierten al
artista-lector del detritus de lo real, en protagonista de su propia ficción.
Cuando nos confrontamos con sus piezas también reelaboramos en un primer
momento una historia aparente; creemos que esta reconstrucción es parte
importante de una historia, “su historia”, la de ese artista y sus objetos; sin
embargo, una vez que hemos caído en la trampa, comienza el desenlace de los
acontecimientos.