La realización de una escultura exige de esfuerzos físicos, y de un buen puñado de tiempo, siempre y cuando prevalezca la honestidad creativa y se procure la desnudez de una realidad inédita. En el tiempo en que se dedicó por entero a este arte, con fuerzas propias de los años jóvenes, aportó un buen número de obras -cada una de una singularidad ejemplar- que hoy constituyen, en conjunto, uno de los legados más significativos en toda el área. Ada Balcácer, siempre atenta a lo valedero, hace unos años me decía que había que recoger, en una buena y justa monografía, el trabajo de Domingo Liz en esta vertiente visual. Tarea a la espera.
Concretiza Liz con sus obras el criterio, asentado en la tradición, de que todo creador es un pulso que se manifiesta a través de distintas modalidades o géneros propios del arte a que pertenece y que le es propio, en su caso las artes visuales. Y es, igualmente, un pulso único que atrapa las visiones de su momento histórico, los procedimientos expresivos y los estructurales y los hace tangibles para todos.
Sus obras que parten de la realidad misma, funda una nueva: ésa que el ojo ve más allá del ver y que se asienta y serena en los sentidos y la memoria. Pinturas, dibujos, esculturas con igual categoría conforman su mundo; mundo que anda paralelo al otro, al cotidiano y externo, del que únicamente nos desentendemos cuando entramos al recreado por manos, ojos y conciencia. Temas, motivos, conflictos, procedimientos expresivos y estructurales concurrentes en su pulso. Desde luego, que estos elementos toman su morfología y cada obra es única, sin dejar de pertenecer a su mundo total y personal.
En líneas generales, se distinguen tres etapas de su trabajo en esta vertiente de las artes visuales. La primera se caracteriza por la adopción de diversas concepciones formales y por el empleo de arcilla, terracota, cemento, metal y madera. Pertenecen a ella obras como Cabeza de Cristo, el proyecto para la fachada del Palacio de Justicia, el Monumento a los Héroes de Maimón, Constanza y Estero Hondo. En la segunda etapa se embarca en la serie Origen, conjunto de nueve piezas que giran sobre un único tema, tallas realizadas en madera de caoba y en las que predomina la forma esférica u ovalada. Y en la tercera, predomina la forma longitudinal. Figuras donde prevalece la elevación sobre las otras dimensiones. Una serie de quince obras representa esta tercera etapa, y en ella, la madera impone su majestad, belleza y dignidad.

Domingo Liz (1931)
Origen. 1966
Talla en madera
171 x 62 x 58 cm
Primer Premio de Escultura II Concurso de Arte Eduardo León Jimenes
Colección Centro León

Domingo Liz (1931)
Origen 2. 1966
Talla en madera
190 x 60 x 43 cm
Segundo Premio de Escultura II Concurso de Arte Eduardo León Jimenes
Colección Centro León





