Fernando Ureña Rib: La escultura, elogio de las formasToda materia transformada por el hombre de manera creativa puede ser, en principio, una escultura. |
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Pero, ¿acaso no son eso también los zapatos, las vestimentas, los automóviles, los asientos diseñados con apego a algún orden estructural y estético? El siglo XX y el XXI han visto la más radical, extensa y múltiple variedad de formas creativas que pudiéramos imaginar. La aparición del orinal y del “objét trouvé” hacia 1910, nos hizo pensar que todo era posible. A partir de aquel principio estético, los escultores podían perfectamente obviar el moldear la arcilla o tallar un tronco, o vaciar en bronce sus creaciones.
Bastaba una mirada diligente que hurgara en vertederos. Bastaba una hábil manipulación de los deshechos. Los objetos estaban allí. Solo era preciso otorgarles una nueva significación y ubicarlos en el solemne y espacioso contexto del museo. Sobre pedestales, colocados sobre el suelo o colgados de la pared fueron apareciendo luces de neón, neumáticos, sacos de arena, camas, colchones, piezas industriales, tanques y una interminable cantidad de “novedades” recicladas y convertidas en piezas escultóricas de colección.
Por suerte, el arte del siglo XX plantó en los parques y jardines del mundo las esculturas de Alicia Penalba, Eduardo Chillida, las de Eduardo Ramírez Villamizar, las de Edgar Negret, las de Henry Moore. Las de Fernando Botero y las Víctor Delfín son testimonio de que la escultura no ha muerto, de que aún sigue tan viva y victoriosa como aquella Venus de Samotracia, creada hacia finales del siglo II a.C.
Basados en una inquebrantable y hermosa tradición, pero enriquecidos con la aparición de nuevos materiales y métodos, los escultores de hoy no olvidan su oficio. Un ejemplo de ello es lo que ocurre cada verano en una población italiana, muy cerca de Carrara, en Pietrasanta, donde se reúnen escultores de todo el mundo para aprender las nuevas técnicas del vaciado del bronce y de la talla del mármol. Usted se encuentra allí con Igor Mitoraj, con Kan Yasuda, con Fernando Botero y tantos otros escultores apasionados por el dominio y transformación de la materia. Por supuesto, rondan por las plazas aún las influencias y el espíritu de Brancusi, de Hans Arp y Giacometti. De alguna manera, Isamo Noguchi también está presente en las esculturas que se producen bajo aquel límpido cielo toscano.
La jerarquía y la categoría estética de la escultura siguen dándolas las formas. Fuesen geométricas o antropomorfas, fuesen orgánicas y vegetales o minimalistas, cada escultor estudia y modifica la materia dada. No importa cuán típica o atípica sea la escultura, ni cuán evocadora; se trata siempre de una apología de las formas, de un adentrarse en los significados ocultos tras la nobleza y plasticidad de la materia. La adecuación estética de las formas es libre y abierta. Nada puede ser excluido de la temática del arte. Sin embargo, la escultura es un objeto concreto que se rige por leyes físicas y estructurales específicas e inviolables. De ahí que asuntos como la calidad de la ejecución, el tratamiento de las superficies, las pátinas y las texturas, prevalezcan como los criterios de juicio estético predominantes.

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