Una apuesta por la verticalidad y por un despliegue sensual y al mismo tiempo ascendente de las formas, la preferencia por un material, la madera, que inscribe la escultura dentro de un ámbito mas próximo a la vida que a la eternidad, un giro helicoidal que se cierra sobre si mismo, unos volúmenes turgentes….
La obra escultórica de Luichy Martínez Richiez, junto con la de Antonio Prats Ventós y Gaspar Mario Cruz posee un matiz fundacional, en lo que atañe a la expresión plástica tridimensional dominicana. La suya no es sólo una obra aislada, cuyo valor se resume en su calidad estética, sino que es posible considerarlos como iniciadores de una escuela.
Richiez reconoció que Pascual ejerció sobre él una vigorosa influencia, pero el estilo plástico del dominicano no recuerda en absoluto a las masivas formas del periodo “cerrado” ni al grafismo espacial y la dialéctica de los volúmenes y el vacío del periodo
“abierto” del bilbaíno, que además era un enamorado de la energía ceñuda del metal, a la manera de otros maestros españoles contemporáneos como Gargallo y Julio González.
Los veinte años que el artista pasó en París llenó su trabajo de remembranzas surrealistas, sin que su trabajo dejara nunca de estar en deuda con la experiencia cubista, sobre todo en lo que toca a la descomposición de la forma.
Todo el lenguaje plástico se conforma a partir de distorsiones de la figura humana , de modo que surgen unas formas, no , unos seres o animáculos hermafroditas, que absorben e incorporan en si mismos los contrarios o complementarios como son la esencia de lo femenino y de lo masculino, del animal y la planta, del ser natural y del fetiche.
En algunos casos el artista incorpora formas mas cercanas a lo geométrico, a lo ortogonal, pero siempre en torno al mismo patrón básico, de un modo que no puede menos que hacernos recordar que la escultura es siempre un arte mas conservador, menos dócil a los cambios, que la pintura.




